27 jun. 2013

True story: Chicles o cómo morirse de vergüenza

Esta anécdota ocurrió cuando yo hacía primero de bachillerato, hará ahora unos 7 años.

Yo estaba en la media hora de descanso de la mañana (la "hora" del patio de toda la vida, vamos) en la planta baja de mi instituto, esperando delante de un aula a un profesor con el que tenía que hablar. 
Estaba sentada en el suelo delante de la puerta, en plan indio, con las piernas cruzadas y la mochila encima, ocupando el mínimo espacio posible en aquellos pasillos tan estrechos, y hartándome de galletas de chocolate. 
(Ahora que os he puesto en situación, tengo que haceros saber que yo el 80% del tiempo estoy comiendo chicle. Esto es un hecho que sabe cualquiera que me conozca. Puedo beber con el chicle en la boca, hablar, comer, y se han dado casos en que incluso me he dormido comiendo chicle. Es una habilidad inútil, pero es lo que tengo.)
El caso es que en aquella ocasión concreta, como las galletas se desmigajaban mucho, decidí quitarme el chicle de la boca y, por no moverme, lo estuve aguantando en la mano mientras desayunaba a la espera del profesor.

Estando yo en aquella situación, con la mochila encima, migas de chocolate por doquier y el chicle en la mano, me grita una voz desde alguna parte del pasillo (que aun no se cual es porque no pude ver nada y ahora entenderéis por qué) diciéndome que el profesor al que buscaba, lo habían visto en la primera planta, y que en 2 minutos tenía reunión de profesores.
Así que me levanté corriendo, me puse la mochila al hombro, cogí las galletas como pude, y fui como las balas en dirección a las escaleras que tenia a 10 pasos de donde estaba sentada. Y tal y como me levanté y dí la primera zancada, me comí de lleno a un chico al que yo, con mis gustos raros, siempre había visto guapo.
Impacté con él con tanta fuerza que lo mandé un par de pasos hacia atrás, le tiré el bocadillo, se cayeron mis galletas, y perdí mi chicle. TERROR.
Iba buscando el chicle por todas partes con la mirada, temiéndome lo peor, mientras recogía toda la comida del suelo a la vez que le pedía perdón sin parar. Cuando le di su bocadillo, mis sospechas se hicieron realidad: le había pegado el chicle en la mano.
Yo creo que ni siquiera se había enterado, porque me miró con cara rara cuando vio que le cogía algo de la mano y salía corriendo (no sin antes darle un golpe con la mochila otra vez, no fuera a ser...).


A este chico lo he vuelto a ver un montón de veces más. De hecho, casi me da un ataque cuando vi que al año siguiente cuando repetí curso, estábamos en la misma clase.
Pero nunca me ha dicho nada sobre el tema, yo creo que con el caos de la situación, igual ni me vio la cara lo suficiente como para identificarme. O ha preferido suprimir aquel momento tan surrealista de su memoria. Cualquier opción me vale.



¿Moraleja?

No llevéis chicles masticados en la mano. Es una guarrada. Y se los podéis pegar a alguien por accidente, que es más guarrada todavía.
Cogéis el chicle y lo envolvéis en un pañuelo, o en el envoltorio de lo que os estéis comiendo, o os lo tragáis, o lo lanzáis por una ventana. O aprendéis a comer con el chicle en la boca sin que se os llene de migas, como una servidora. O coño, sed personas normales y no seáis vagos como yo y lo tiráis a una puta papelera.



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